lunes, 3 de abril de 2017

I Samuel 16 (Michelle 27/03/2017)


Saúl decide seguir su propio camino en lugar de someterse a Dios. Su reino iba decayendo, pero Yahvé estaba levantando a otro hombre para que se convirtiera en el futuro rey de Israel.

A diferencia de Saúl, elegido rey por los hombres, es Dios quien elige en secreto, a través de Samuel, a quien sería el “ungido” entre los hijos de Jesé, de Belén. Samuel se fija en el hijo mayor, pero Yahvé no tiene prejuicios: no escoge en base a la experiencia, belleza o inteligencia, sino que mira el interior de las personas. No escoge ni al primogénito ni a los hijos mayores de Jesé, sino al más pequeño: un humilde pastor llamado David.


Mientras que el Espíritu de Dios vino sobre David, Yahvé se apartó de Saúl por su desobediencia enviándole un espíritu malo, como llamada al arrepentimiento. Y Dios, que obra de forma milagrosa y misteriosa, hace que se crucen los caminos de los ungidos, entrando David al servicio de Saúl, quien desconoce quién era realmente el hijo de Jesé, para que le ayude a alejarse del tormento del espíritu maligno.


La Palabra de hoy nos enseña, con la unción de David, que Dios no mira las apariencias, sino cómo está nuestro corazón.


La sociedad actual nos presenta un paisaje cada vez más superficial y efímero, prisionero de la exterioridad, donde impera el amor propio, la falta de autenticidad para conseguir la aceptación del otro, o la esclavitud material, que esconden un vacío interior: Vanidad de vanidades, todo es vanidad (Eclesiastés 1, 2).


Sin embargo, Dios no mira lo que mira el hombre, sino que mira el corazón (1 Sam 16, 7), y tenemos el deber de cuidar nuestro interior, poniendo como centro lo ESENCIAL que nos llevará a la Verdad, porque es desde nuestro corazón desde donde podremos ver a Dios: Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5, 8).


Para la cultura semita el corazón es el centro de los sentimientos, de los pensamientos y de las intenciones de la persona humana. Nuestra condición humana nos hace cometer errores que pueden llevarnos al pecado. Es por ello que está en nuestra capacidad de discernimiento el poder comprender lo que es verdaderamente de Dios y lo que no.


A veces estamos tan ciegos que no vemos más allá de lo que ven nuestros ojos. Sólo desde la obediencia a Cristo y al Espíritu Santo, podremos ver con claridad, para alcanzar la gracia de que nuestro corazón sea sencillo y puro con la verdad que Dios nos da, comenzando con la limpieza del corazón corrigiendo nuestras faltas para alejar el espíritu malo, con la conversión, y así reencontrarnos con Dios en su Misericordia.

jueves, 23 de marzo de 2017

I Samuel 15 (Sofía 20/03/2017)


En el capítulo 15 del primer libro de Samuel se nos narra la Campaña del pueblo de Israel contra los amalecitas.

Yahvé ordena a Saúl, ungido como rey de Israel, aniquilar a todos los amalecitas junto con todo su ganado por haberles cerrado el paso a su salida de Egipto.

Saúl se pone en camino y aniquila a toda la población. Sin embargo, no obedece a Dios y, para complacer al pueblo, deja vivo a Agag, rey de los amalecitas, apresándolo junto con sus mejores ovejas y bueyes.

Esta acción provoca la ira de Yahvé, que se arrepiente de haberlo hecho rey. Samuel acude para comunicarle a Saúl la decisión de Yahvé de destituirlo como consecuencia de su falta de obediencia. Pero Saúl se defiende, justificando su acción, y explicando su intención de ofrecer en sacrificio a Yahvé: el botín conseguido.

Samuel lo deja claro: La obediencia y la docilidad interior a los mandatos de Yavhé valen más que todos los sacrificios y holocaustos.

Estas palabras provocan el arrepentimiento de Saúl, que pide a Samuel que lo perdone. Pero las palabras de Yahvé son rotundas: Saúl ha rechazado el mandato del Señor y Yahvé lo rechaza como Rey.   

El punto esencial de este capítulo lo marca la desobediencia de Saúl a los mandatos del Señor. Por buscar complacer al pueblo, olvida lo ordenado por Yahvé y se justifica con un argumento, que no siendo injusto, no se corresponde con la voluntad de Dios.

Yahvé no se ofende por la intención de Saúl de hacer un holocausto, sino por la falta de confianza en su palabra. Saúl ha demostrado con su desobediencia que no se fía de Dios, por eso no puede ser rey.

Como decía Santa Teresita de Lisieux: ¨Es la confianza, y nada más que la confianza lo que nos conduce al Amor”. Como Saúl, muchas veces buscamos apoyos, señales, garantías en nuestros méritos, nuestras cualidades y nuestro ambiente, sin darnos cuenta de que sin Dios no podemos hacer nada. Lo propio de la confianza es no apoyarse en nada más que en Él y en su Misericordia.  

Esta confianza en el amor de Dios nos lleva a la obediencia, a desear hacer su voluntad. Al contrarío que Saúl, Cristo, acepta en todo la voluntad del Padre, hasta redimirnos en el Sacrificio de la Cruz. Por eso sabemos que el acto de Amor más grande que podemos hacer, no es otro que obedecer a Cristo y al Espíritu Santo.

I Samuel 14 (Javier 13/03/2017)

El Arca de la Alianza había sido capturada por los filisteos y, en su lugar, el pueblo de Israel contaba con unos dados adivinatorios para consultar a Yahvé, y Él respondía por medio de un sí o de un no. 
Está bien contar con el Señor en nuestra vida, querer consultarle en cualquier decisión, pero más importante es hacia dónde van orientados nuestros planteamientos, si pedimos al Señor que se cumplan nuestros deseos o, más bien, si buscamos Su voluntad. La Palabra de Dios nos interpela a mirar nuestro corazón, no vaya a ser que esté duro y le falte humildad para confiar en el Señor y reconocer que Él sabe mejor que nosotros aquello que nos conviene. De lo contrario, nos alejamos de la gracia, vivimos según nuestros criterios, nos justificamos y pensamos engañados que nos bastan nuestras fuerzas, y así cada vez en una mayor ausencia de Dios. 
Nuestra batalla, por tanto, es frente al pecado. La victoria es segura si ofrecemos al Señor nuestra vida, lo cual es posible gracias al sacrificio perfecto de la Cruz, ya no el de animales. La sangre de Cristo derramada borra nuestras culpas y nos da la vida.

miércoles, 22 de marzo de 2017

I Samuel 12 (Mª Victoria 13/02/2017)


En el capítulo de hoy leeremos el discurso de Samuel dirigido a la asamblea de Israel. Este discurso significará el final de su etapa como juez, y, desde ese momento, su función principal será únicamente la de profeta, limitándose así a la intercesión ante Dios y a señalar los aciertos y errores de Saúl y del pueblo de Israel. Tras volver a advertirles de las consecuencias que traerá el haber preferido un rey terrenal por encima de Dios, Samuel invoca al Señor para recordar al pueblo de Israel su inmenso poder que queda reflejado por una tormenta de verano. Asustado, el pueblo de Israel pide a su profeta que interceda por ellos, y Samuel vuelve a pedirles que permanezcan fieles sólo a Dios.

Sin embargo, el centro de este pasaje de la Biblia no radica en la futura labor profética de Samuel, sino en la tentación, casi continua, que tiene el ser humano de una vida sin Dios. ¿Cuántas veces hemos pensado o se nos ha pasado por la cabeza que la vida sería mucho más fácil sin Él, que parece atarnos a tantas normas? Es cierto que la sociedad de hoy, al igual que el pueblo de Israel en ese momento, ha olvidado a Dios. Se le ha dado la espalda en el momento que el ser humano, en su arrogancia, lo ha considerado una carga inútil que, por tanto, lo único que hace es estorbar. De este modo, la humanidad comete nuevamente una de sus mayores injusticias para con Dios.

Frente a esta actitud, Samuel intercede por Israel ante Dios y les recuerda uno de los siete dones del Espíritu Santo: el Temor de Dios, es decir, que su bien radica en entregarse plenamente y con confianza sólo a Dios, y no a ningún poder terrenal, y les hace rememorar todas las ocasiones en que Dios les ha salvado a lo largo de su historia. No desplacemos, como los israelitas, a Dios del centro de nuestras vidas, y confiemos en el Señor, con “la alegría de un hijo que se ve servido y amado por el Padre” (Papa Francisco, 11 de Junio de 2014).

I Samuel 11 (Karl 06/02/2017)

El capítulo 11 del primer libro de Samuel narra el ataque de los amonitas sobre Yabés de Galaad. El ataque amonita es la ocasión que manifiesta que Saúl ha sido elegido por Yahvé. Saúl ha sido proclamado rey en Mispá (1 Sam 10,24) pero, como veíamos al final del capítulo anterior, no ha sido reconocido por todos (1 Sam 10, 27). Esta victoria es la culminación del itinerario regio de Saúl: unción secreta en el capítulo 9, reconocimiento público en el capítulo 10 y aclamación tras esta victoria.

En la historia del juez Jefté (Jue 11, 12ss) ya hemos visto las pretensiones de los amonitas sobre el territorio de las tribus transjordánicas. Ahora es el amonita Najás, que en hebreo significa “serpiente”, quien inicia el ataque. Ante esta amenaza, los de Yabés ofrecen un pacto de vasallaje. Un pacto de vasallaje normalmente obliga, sobre todo, a tributos y prestaciones personales, asegurando la soberanía. La propuesta del amonita de sacar a todos el ojo derecho es de una crueldad inútil, expresamente dirigida a la afrenta de todo Israel.

Ante semejante situación, Saúl recibe el espíritu de Dios y consigue su primera victoria: reunir a todos los de Israel “de modo que salieron como un solo hombre”. Con esta comunión que se produce por el sacrificio de los bueyes de Saúl, los hijos de Yahvé derrotan a aquellos guiados por la “Serpiente” (Najás) de tal manera que los supervivientes amonitas se desperdigaron “de modo que no quedaron dos juntos”.

Por ello, en la conciencia de Saúl y del pueblo, la salvación ha venido del Señor; la monarquía conserva el carácter de mediación humana.

Esta victoria es signo de esperanza para nosotros ya que la carne entregada y la sangre derramada en el sacrificio de Cristo en la cruz son comunión para los hijos de Dios. En ellos se derrama el Espíritu de Dios que nos permite vencer a la Serpiente. Y ahora esta monarquía ya no tiene el carácter de mediación humana porque nuestro Rey es el Señor.

I Samuel 9 (María F. 23/01/2017)


En la primera parte del capítulo 9 se narra el deseo del pueblo de Israel de tener un rey, a pesar de las advertencias de lo que esto implicaba. Los israelitas pidieron un rey, y Dios les concedió lo que pidieron, les dio a la persona que ellos querían.

¿No nos pasa a nosotros también, que a veces pedimos a Dios algo que no nos conviene? Si insistimos demasiado, a veces Dios nos lo da para que aprendamos una lección. Debemos pedir al Señor que nos enseñe a pedir al Padre como Él lo hacía. Y que toda petición vaya siempre acompañada del deseo de ver cumplida nuestra voluntad únicamente si es también la voluntad de Dios y para Su gloria.

La segunda parte del capítulo explica como Saúl estaba buscando las asnas perdidas de su padre y va a consultar a Samuel para que le oriente en su viaje. Cuando Saúl se encuentra con Samuel este le da a conocer la palabra de Dios y como él será el encargado de regir a su pueblo. No fue casualidad que Saúl se encontrara con Samuel en ese pueblo. Ése era exactamente el plan de Dios. 

Saúl estaba buscando a sus asnas perdidas, pero lo que encontró era algo mejor que eso. A veces nos preocupamos por cosas sin trascendencia, cuando Dios tiene planes más grandes para nuestra vida.

I Samuel 8 (Alberto 16/01/2017)


En este capítulo vemos cómo Samuel, tras muchos años sirviendo a Dios y a su pueblo, nombra a sus dos hijos jueces de Israel para que lo ayuden. Sin embargo, sus hijos no son como él y se dejan corromper fácilmente. Por ello, los sabios de Israel acuden a Samuel y le piden que nombre un rey para que los gobierne. Disgustado por la petición, Samuel consulta con el Señor, y éste le dice que atienda el ruego de su pueblo, pero que les advierta de los peligros que entraña tener un rey. Samuel así lo hace, pero ellos no atienden a razones, y Samuel, tras volver a consultar a Dios, acepta.

Una vez más, Israel olvida todo lo que Dios ha hecho por ellos a lo largo de su historia, y buscan a otro al que obedecer, que les gobierne y que luche por ellos en la guerra; en definitiva, lo mismo que veíamos que hacía el Señor por ellos en el capítulo anterior. Creen que un rey podrá librarles de sus enemigos, sin darse cuenta de que esa libertad es aparente. Y, sin embargo, Dios no se enfada con ellos, sino que atiende su ruego, aun sabiendo que, al final, acabarán lamentándolo, y, como sabemos, volverá a salvarlos, a pesar de todo.

También hoy vemos cómo la sociedad busca la libertad y la felicidad dando la espalda a Dios, sobre todo, cuando las cosas no van bien, y, al final, las personas acaban siendo esclavas del dinero, de las ideologías, de sus impulsos, de otras personas, etc. No olvidemos todo lo que Dios hace por nosotros día a día, y confiemos siempre en Él, que nos da la auténtica libertad y nos ama con locura.

I Samuel 7 (Paz 09/01/2017)


Hoy recordamos cómo el arca había sido devuelta al pueblo de Israel por los filisteos, pero después de bastante tiempo, vemos como siguen quejándose de sus desgracias porque Dios no está de parte de su pueblo.

Al sentirse desgraciados, los israelitas interpelan a Samuel, hombre admirado por ellos, y éste les contesta que no es suficiente tener el arca junto a ellos, ya que lo más importante, el corazón, no está con Dios, sino con otros dioses extranjeros.

Esta reflexión hace pensar al pueblo, que se arrepiente de sus pecados y así consigue que Dios vuelva a estar con ellos y los proteja.

Esta experiencia vivida por Israel nos puede hacer pensar en nuestra realidad, en la que nuestro corazón se aleja de Cristo por muchos motivos, pero si lo reconocemos y nos arrepentimos de verdad, volvemos a sentir esa alegría profunda y serena que sólo Dios puede darnos al estar cerca de Él.

I Samuel 6 (Karl 12/12/2016)

El capítulo anterior narra cómo, desde que el Arca de la Alianza había caído en manos de los filisteos, las ciudades que la albergan sufren desgracias. Ante el poder de Dios, los príncipes filisteos deciden devolver el Arca a Israel. El capítulo 6 del primer libro de Samuel comienza con la consulta de los filisteos a sus sacerdotes y adivinos acerca de cómo realizar la devolución. Estos se muestran
conocedores de la historia de Israel, de cómo la mano fuerte de Dios libró a su pueblo del poder de Egipto, y aconsejan no obrar como el faraón.

Este capítulo se centra en los actos de los filisteos. En capítulos anteriores han tratado de ser dueños de Dios, en lugar de sus siervos, llevando el arca de una ciudad a otra y poniéndola al lado de sus dioses. Ahora, por fin, se dan cuenta de que el lugar que corresponde a Dios no es un lado sino el centro y obedeciendo a sus sacerdotes deciden “dar gloria al Dios de Israel” (1) presentando una
compensación y caminando detrás del Arca, guiados por ella y no pretendiendo ser sus guías.

El Arca de la Alianza es el signo de la Antigua Alianza de Dios con su pueblo. La nueva Alianza se lleva a cabo en Jesucristo. Dado que María lo llevó en su seno, la llamamos, en las letanías del rosario, Arca de la Nueva Alianza. Ella es modelo y ejemplo de cómo dejar que Dios se sitúe en el centro de la vida y la dirija. Así, frente a las desgracias acaecidas sobre los filisteos por portar el Arca de Dios como sus dueños, María, que es su madre, es la llena de gracia por llevar a Dios como su sierva.

La compensación con la que los filisteos envían de vuelta el Arca consiste en figuras de oro de los males que padecieron por apoderarse de ella (tumores y ratas). Algo similar a lo que ocurrió cuando el pueblo de Israel se reveló en el desierto contra Dios y sufrió las mordeduras de las serpientes: Moisés, obedeciendo a Dios, levantó en un estandarte una serpiente de bronce y los que la
miraban quedaban curados de la mordedura (2). Así también esperan los filisteos quedar sanos ofreciendo figuras en oro, que permanece y no se oxida, de sus males. Así también nosotros, que hemos conocido que el Eterno (prefigurado por el oro) se hizo tiempo en las entrañas de la Virgen, sabemos que, no habiendo cometido ningún mal, experimentó en sus propias carnes los frutos del pecado (en la pasión) y, en palabras del profeta, “desfigurado, no parecía hombre, ni tenía
aspecto humano” (3), fue alzado así en el estandarte de la cruz y por Él hemos sido salvados.

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(1) 1 Sam 6, 5
(2) Núm 21, 4-9
(3) Is 52, 14

I Samuel 4 (María F. 28/11/2016)


En el Capítulo 4 de Samuel, los israelitas salieron a luchar contra los filisteos sin consultar a Samuel, y este hecho condujo a su derrota. Luego se llevaron el arca del pacto a la batalla creyendo que su presencia les daría la victoria. Esto revela el paganismo supersticioso del pueblo, que creyó que había algún mérito en el objeto mismo. El mérito y poder sólo están en la presencia y en la persona de Dios. En la segunda batalla el Arca fue capturada; y murieron los hijos de Elí, Ofni y Finees. Elí, al oír las noticias, cayó hacia atrás y murió.

Esta parte de las Escrituras nos revela la superstición de Israel y lo lejos que se encontraban de Dios. Nos muestra cuán fuerte era su sentimiento de autosuficiencia y su egoísmo. Israel, sin consultar a Samuel salió a luchar contra los filisteos. Y, ¿qué sucedió? Fueron derrotados. ¿Qué les faltó? Ellos creyeron que quizá debieran haber llevado el arca con ellos a la batalla. Pero aquel arca o cofre no tenía ningún mérito o poder propio porque Dios no estaba en el arca. No se puede meter a Dios en un cofre. El mérito y el poder sólo se encuentran en la presencia y en la persona de Dios. Esto puede tenerse en cuenta también hoy. Habrá métodos o sistemas más o menos eficaces desde un punto de vista humano. Pero desde un punto de vista espiritual, tales procedimientos, como el trabajo frenético, el voluntarismo, y el activismo, por sí mismos, no garantizan en manera alguna la aprobación o la bendición de Dios. Porque solo la presencia y el poder de Dios pueden producir una auténtica bendición.

Una de las tristes realidades de este relato es que el Arca, símbolo de la presencia de Dios, se había apartado de aquel pueblo. Pero la verdad era que el pueblo se había alejado primero de Dios, de Su Palabra, y de Su voluntad. El capítulo finaliza con un mensajero que trajo las malas noticias de una derrota memorable y de la muerte de muchos. Dios nos trae esta lección de la historia para que recordemos que el Dios lejano, lejano con respecto al pecado, la maldad y la perversidad humana, es al mismo tiempo el Dios cercano que envió a Su Hijo, quien vino a esta tierra a buscar y a salvar a quienes, al alejarse de Él se habían perdido, entregando Su vida en la cruz.

I Samuel 2 (Michelle 14/11/2016)


En el capítulo de hoy encontramos dos partes: El Cántico de Ana y el pecado de los Hijos de Elí.

La semana pasada comenzábamos con la historia de Samuel, nacido de una mujer estéril, Ana, a quien Dios le concede la gracia de ser madre después de muchas oraciones a cambio de consagrar a su hijo para servirle todos los días de su vida. Es por ello que Ana quiere dar gracias al Señor, entonando un cántico de carácter profético y mesiánico, expresando la alegría que ella siente porque Dios se apiadó de ella.

El cántico de Ana es un canto de alegría, es una acción de gracias. Reconoce que todo está en manos de Dios, bajo su control. Dios es soberano, para Él nada es imposible: Él es el director de nuestras vidas. Por ello, la gratitud de Ana nos recuerda que debemos ser pacientes y entender que Dios tiene preparado un plan para cada uno, que siempre es para bien. Porque, como exhorta el Papa Francisco en la encíclica Evangelii Gauidum (n.273):Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo”. Dios nos escucha en cada una de nuestras oraciones. Pero tan importante es rezar, como lo es también dar siempre GRACIAS.

San Pablo nos recuerda en 1 Tesalonicenses  (5, 18) que debemos dar gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros. Cuando éramos niños, nos enseñaron a dar gracias, y es que es de bien nacidos ser agradecidos, porque de esta manera nos mostramos pobres, humildes, y más unidos a Dios cuando nos concede nuestras peticiones según su voluntad.

Samuel, ya al servicio de Yahvé, crece con el sacerdote Elí, quien bendice a Elcaná y a Ana para que Dios les conceda descendencia como respuesta a la consagración de su hijo. Y así fue: tuvieron tres hijos y dos hijas.

Elí era muy anciano y tenía dos hijos también sacerdotes: Jofní y Pinjás. Mientras Samuel crecía espiritualmente al lado de Elí, Jofní y Pinjás, no conocían a Dios, eran hombres corruptos, cometían pecado y se honraban a sí mismos antes que al Señor. Los hijos de Elí son el ejemplo actual de una generación que nació en la Iglesia, como muchos cristianos que fueron bautizados pero ya no reconocen a Dios, están lejos de Él, abandonan su Fe mirando hacia otro lado y prefieren las comodidades.

Elí intentó corregir a sus hijos, pero no perseveró ante su indiferencia. No supo transmitirles el temor de Dios ni enseñarles el camino de Dios. Pero el Señor, que es misericordioso, no manda juicio sin antes hacer una advertencia. Ante la pasividad del sacerdote por la actitud de sus hijos, Dios llama la atención a Elí para que se arrepienta, no directamente a sus hijos, si no a él como patriarca responsable de lo que sucede en su familia.

El capítulo 2 es un contraste entre la gratitud aceptando la voluntad de Dios, y la pasividad ante el desprecio a sus ofrendas; de una madre que consagra su hijo al Señor, a un padre que honra a sus hijos antes que a Dios. En otras palabras, es importante comprender la bendición de honrar a Dios, darle GRACIAS, y complacer al Señor antes que a uno mismo y a los demás, sin permanecer pasivos dando a conocer su Palabra, ya que Él es nuestro centro: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.

I Samuel 1 (Sofía 07/11/2016)

Los dos libros de Samuel que hoy empezamos comprenden la historia de Israel desde el nacimiento de Samuel hasta el fin de la vida pública de David, abarcando un período de cerca de cien años. Tienen como punto central la fundación y el desarrollo del reino de Israel, donde la monarquía se presenta como una necesidad humana de organización, pero que recibirá severas críticas por no haber tenido en cuenta ni la soberanía ni la voluntad de Dios.
La historia de Samuel, con la que comienza el libro nos permite conocer las circunstancias que llevaron al establecimiento de la monarquía.
En este primer capítulo se nos narran los padecimientos de Ana, la primera esposa de Elcaná, hombre piadoso de Israel. Ana estaba privada de descendencia y obligada a soportar las burlas de Feniná, segunda esposa de Elcaná, que sí tenía hijos. En aquella época era una humillación no tener hijos, porque se consideraba un castigo de Dios por alguna culpa.
Elcaná acudía anualmente a Siló, donde estaba por aquel tiempo el santuario nacional al que concurría el pueblo en peregrinación para ofrecer sacrificios y adorar a Yahvé. Allí pide en su angustia al Señor que le dé un hijo y hace voto de que, en caso de nacimiento de un hijo varón, lo entregaría a Dios.
Mientras oraba se encuentra con Elí, Sacerdote de Siló, quien, tras un malentendido le asegura que su súplica será atendida por Yahvé. Así, Ana da a Luz un hijo, Samuel, al que deja siendo niño en el santuario del Sacerdote Elí, tal y como había prometido en su oración.
Ana, con esa Fe y esa confianza en Dios, nos invita a orar, convencidos de que Dios es capaz de cualquier cosa, porque es el Señor.
Como dice el Papa Francisco “la oración hace milagros e impide que el corazón se endurezca”.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Rut 4 (Victoria 31/10/2016)

En este cuarto y último capítulo del libro de Rut se nos narra la concesión de la ley del levirato, recordemos que Booz no era el pariente más próximo al que correspondía redimir las propiedades de Elimélec. Por este motivo, Booz busca a ese pariente con intención de preguntarle, en presencia de los ancianos del lugar, si está dispuesto o no a actuar como goel de Noemí y Rut. Éste declina hacerlo y como muestra de esta decisión le entrega su calzado a su pariente. Con esta acción, Booz puede asumir la responsabilidad de adquirir las posesiones de Elimélec tomando finalmente a Rut
como esposa. De este matrimonio nacerá un hijo varón al que llamarán Obed.

Como bien nos muestra Rut con su ejemplo, sólo cuando se confía plenamente en el Señor es cuando es posible la acción del Espíritu. Ella, dejando atrás a toda su familia en Moab para cuidar de su suegra Noemí, se convierte en la bisabuela de uno de los personajes más importantes de la historia judía: el rey David.

Así finaliza este breve libro de la Biblia en el que se nos presenta de una manera clara y concisa el elemento primordial que sustenta la vida de todo cristiano: la confianza plena en el Señor y en su acción providencial en nosotros. Es precisamente esto lo que Jesús nos quiere hacer entender cuando nos anima a confiar plenamente en el Padre, como bien recoge el evangelista Mateo:
“No os angustiéis por vuestra existencia, qué comeréis o qué beberéis; ni por vuestro cuerpo, cómo vestiréis; ¿no vale la vida más que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Mirad a las aves de cielo, que no siembran, ni siegan, ni reúnen en los graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta: ¿no valéis vosotros más que ellas? […] Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura” (Mt, 6, 25).

Rut 3 (María H. 24/10/2016)


Noemí había enviudado, y sus dos hijos habían muerto sin descendencia. Perder marido e hijos es una desgracia para cualquier persona. Pero en la sociedad israelita al sufrimiento de perder a los seres queridos se añadían otros dos: el de la pobreza material, al dejar de tener ingresos el hogar, y el hecho de no perpetuar la estirpe.


La escasez de comida se había solucionado en el anterior capítulo, al menos mientras durara la cosecha, gracias a la ayuda de Booz, pariente del marido de Noemí.

En este capítulo, se atiende al otro problema. Noemí es ya mayor, es consciente de que no tendrá más
hijos biológicos, y así se lo había hecho saber a sus nueras. Ellas eran jóvenes, sí que podían haber encontrado otros maridos, al no tener cuñados con los que perpetuar la estirpe de sus esposos (recordemos que la ley de Moisés mandaba que si un hombre moría sin hijos, su hermano debía casarse con la viuda para dar descendencia al fallecido, por la denominada “Ley del Levirato”. Esta ley, curiosamente, se encuentra recogida en el Deuteronomio casi seguida a la ley que obligaba a no recoger lo caído en la cosecha para que los pobres pudieran alimentarse con ello [capítulos 24 y 25]).

Pero Rut, en lugar de irse, sigue al lado de Noemí, trasladándose con ella a Belén y dejando atrás “su pueblo y su casa paterna”, expresión que acabamos de leer en el salmo 44.

Noemí sabe que su situación es precaria, y cuando la cosecha va a terminar, habla con Rut para que se case con Booz, a lo que Rut accede para dar descendencia a su marido y a su suegro.

Mientras aún duran los trabajos del campo, Rut espera el mejor momento para hablar con Booz, y se acicala para pedirle matrimonio, aunque a Booz lo que le atrae de la joven no es su belleza, sino el amor que siente ella hacia su familia. Admirado, está dispuesto a aceptarla como esposa.
Sin embargo, sabe que hay otro pariente más cercano a Noemí, y es este otro pariente el que tiene derecho a casarse con Rut.

A pesar de ello, Booz sigue proporcionando alimento a las viudas para que subsistan después de terminada la cosecha, cuando Rut ya no puede seguir recogiendo el grano que va cayendo; mientras, Booz va a aclarar la situación con el otro pariente de Noemí.

(De forma similar a la protagonista del salmo, “A cambio de sus padres, tendrá hijos, que nombrará príncipes por toda la Tierra”. En Rut se cumple este salmo, ya que dejó “su pueblo y la casa paterna”, y acabaría teniendo un hijo que a su vez es el abuelo del rey David.)

martes, 18 de octubre de 2016

Rut 2 (Alberto 17/10/2016)

En este segundo capítulo, después de haberse instalado en Belén, las penalidades de Rut y su suegra Noemí continúan. Su situación es tan desesperada que Rut, haciendo un nuevo sacrificio, decide ir a los campos para recoger la pequeña parte de las cosechas que cae al suelo, para que, así, ambas tengan algo que comer, tal y como estaba contemplado en la Ley de Moisés, que exigía a los que cultivaban la tierra que no recogieran del suelo los frutos del campo que se les cayeran durante la siega de manera que dicho fruto pudiera ser aprovechado por los más pobres, como recuerdo de los tiempos de esclavitud en Egipto.
 
Sin embargo, Dios vela por ellas, ya que Rut va a recoger comida en el campo de un hombre llamado Booz, quien resulta ser un pariente de Elimélec, el marido de Noemí. Así, cuando Booz visita un día sus tierras y reconoce a Rut, le agradece cuánto ha hecho por Noemí dejándole unirse a sus propias criadas que también estaban en el campo, y pidiendo a sus criados, sin que Rut se entere, que dejen caer a propósito varias gavillas de trigo para que las recoja y ni a ella ni a Noemí les falte el sustento.
 
De esta manera, el capítulo nos muestra que Dios, como nos recordaba también Jesús en el Evangelio de ayer, siempre cuida de los suyos y “les hace justicia”, como hace con Noemí y Rut, incluso  uando, como le ocurría a Noemí, desesperamos y creemos que Él nos ha abandonado. Sigamos el  odelo de Rut y perseveremos en la Fe, incluso en los momentos más difíciles, convencidos de que también en ellos, Dios está allí a nuestro lado para consolarnos y ayudarnos.

martes, 11 de octubre de 2016

Rut 1 (Javier 10/10/2016)

Después de la muerte de Moisés, Yahvé Dios eligió a Josué para conducir a los israelitas hacia Canaán, la Tierra Prometida. El pueblo se estableció allí y trabajó la tierra. Al final de la época de los jueces, unos 1.100 años antes de Cristo, llegó una sequía y Noemí marchó a los campos de Moab con su esposo y sus dos hijos, que se casan pero mueren dejando viudas a sus esposas, una de las cuales es Rut. Rut, que significa “la amiga”, insiste en acompañar a su suegra Noemí de vuelta a la tierra de Judá dejando atrás su tierra, sus padres y sus dioses, en un gran ejemplo de fidelidad, entrega y caridad hacia su suegra. 
La amargura que experimenta Noemí toca nuestro corazón. El abandono o la desgracia, aunque sea en mucha menor medida que Noemí, es común a todos, hasta nuestro Señor en la cruz lo padeció. La sensación de derrota es un toque de atención a poner siempre nuestra confianza en el Señor porque su perspectiva es total, no como la nuestra que es corta. Pero, ¿y por qué la tragedia? Porque sin cruz no hay gloria, sin muerte no hay Resurrección. El Señor sabe cómo, cuándo, dónde, porqué… hace las cosas. 

En el éxito también estamos llamados a la fidelidad, como Rut, y al contrario que la otra suegra de Noemí, Orpá, que no perseveró y cede a quizá lo más cómodo (de hecho, su nombre significa “la que da la espalda”). Abundan entre nosotros las falsas esperanzas o seguridades que nos pueden alejar del verdadero camino. El Señor nos ha llamado a seguirle fielmente y nuestra meta no es otra que el Cielo.

martes, 5 de mayo de 2015

Jueces 8 (María F. 04/05/2015)



Este capítulo continúa narrando la historia de la salvación del pueblo de Israel, un pueblo que alejado de Dios sufre la opresión, pero que una vez que clama al Señor, este en su misericordia le libera. Observamos también como el Señor no escoge lo perfecto,  pinta el cuadro del ser humano tal y como  es, con los colores bien definidos del pecado. Se pone de manifiesto la debilidad y la cobardía de Gedeón. Pero el Señor con su paciencia y ternura infinita fortalece al débil para una misión extraordinaria.
Vamos a distinguir tres partes en el capítulo:

- En la primera parte se narra el reproche de Efraim sobre Gedeón y la victoria de este ante Zébaj y Salmuná. Antes de salir a la batalla Gedeón experimenta ese toque de Dios, que le hace fuerte y arraigado; y lo convence firmemente de que la batalla será ganada. Sabe que esta batalla se da sobre la base de una victoria ya obtenida por el Señor.

- En la segunda parte los israelitas proponen a Gedeón para que les gobierne. Pero este lo rechaza, Gedeón con humildad reconoce que la luz de la victoria que resplandece en él, le viene del Señor y por eso solo el Señor es el que debe gobernar.

- La tercera y última parte corresponde a la muerte de Gedeón y las nuevas infidelidades de Israel. Al igual que se observa en la historia del hombre, los israelitas son un pueblo lleno de altibajos, después de la muerte de Gedeón vuelven a alejarse del Señor. Se observa como la liberación que logran aquellos jueces humanos es siempre temporal, parcial e imperfecta. El libro apunta a la necesidad de un Salvador que logre una verdadera liberación.